| Consolando al que sufre |
| Martes, 13 de Octubre de 2009 15:17 |
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Qué difícil resulta muchas veces ayudar al que sufre, sobre todo si su dolor es muy grande. Este dolor nos afecta y nos cohibe, nos puede inmovilizar y hasta enfermar a nosotros mismos. Esto fue lo que les pasó a los amigos de Job . Frente al dolor de su amigo no les quedó más que callar.
11Y tres amigos de Job, Elifaz temanita, Bildad suhita, y Zofar naamatita, luego que oyeron todo este mal que le había sobrevenido, vinieron cada uno de su lugar; porque habían convenido en venir juntos para condolerse de él y para consolarle. 12Los cuales, alzando los ojos desde lejos, no lo conocieron, y lloraron a gritos; y cada uno de ellos rasgó su manto, y los tres esparcieron polvo sobre sus cabezas hacia el cielo. 13Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande.” Job 2
En el acto de ser un agente de salud y ponerse en el rol del que ayuda, se encaran una serie de problemas que deben ser resueltos de alguna manera: para ello se debe enfrentar al ser humano que sufre con conocimientos científicos, buscando la excelencia técnica en el desempeño, sin embargo, esto no es suficiente, ya que el objeto de cualquier acción es un ser humano hecho a la imagen y semejanza de Dios, que posee dignidad, que tiene aspiraciones, sueños, frustraciones, etc. Por tanto a cualquier conocimiento técnico debe agregársele el arte de la buena comunicación. Se ha estudiado que los agentes de salud suelen defenderse del dolor que les ocasiona el sufrimiento del otro, racionalizando sus emociones, y envolviéndose con una coraza de actitud técnica.
Como en ninguna otra actividad humana el ser un agente de salud significa muchas veces ofrecerse al otro que sufre, ya que la persona que sirve es parte de la medicina que sanará al otro. El contacto humano cálido y afectuoso, como lo vemos representado en Jesús en sus tantos encuentros con los enfermos y desamparados, nos modela un estilo inigualable de hacer medicina. Tal vez lo más difícil sea cuando nos corresponde enfrentar al enfermo con su propia muerte, o con su deformidad o con su enfermedad crónica e invalidante.
El libro de Job nos da luces acerca de la acción de los amigos de este en su intento de ayudarle. Sin duda que no fue fácil para estas tres personas enfrentar la tarea de consolar a su amigo. Es más, algo les falto ya que el mismo Job se encarga de hacérselo saber en el capítulo 16: “2Muchas veces he oído cosas como estas; Consoladores molestos sois todos vosotros. 3¿Tendrán fin las palabras vacías? ¿O qué te anima a responder? 4También yo podría hablar como vosotros, Si vuestra alma estuviera en lugar de la mía; Yo podría hilvanar contra vosotros palabras, Y sobre vosotros mover mi cabeza.5Pero yo os alentaría con mis palabras, Y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor.” Es el propio enfermo quien nos recuerda que lo que desea no son palabras vacías, o justificaciones teológicas, sino que nos pide que nos pongamos en el lugar del otro, que seamos capaces de empatizar con el que sufre sin perder nuestro rol de ayudador. Es decir, se nos llama a ser capaces de alentar y consolar con las palabras y con los labios apaciguando de esta manera el dolor.
El mejor de ejemplo de esta actitud nos la da el “Siervo sufriente” que llevó nuestros dolores en la cruz. Con su vida, Jesús nos anima a que sirvamos con misericordia y amor al que sufre. La sociedad espera mucho de nosotros como agentes de salud, ya que las necesidades son urgentes. Es cierto, se necesitan medios económicos y tecnología, pero lo irreemplazable es nuestra actitud frente al dolor de los enfermos.
Dr. Jorge Sobarzo
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