| El voto evangélico: Las trampas de los extremos |
| Lunes, 27 de Julio de 2009 20:15 |
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Esto parece nacer de una motivación correcta: el temor ante ciertas posiciones extremas del candidato Marco Enríquez-Ominami. Sin embargo, la declaración parece precisamente revelar que hay otras trampas ante las que no somos muy cautos. Me permito, con todo el respeto por la persona del obispo Emiliano Soto, algunas palabras al respecto. Más de alguien ha notado ya varias de las medidas más extremas propuestas por Enríquez-Ominami, como eliminar de la Constitución la idea de que la familia sea la célula básica de la sociedad. Y ciertamente ante este tipo de riesgos todo el mundo está atento: no parece que vaya a llevarse gran parte del voto evangélico. Pero hay otra trampa que no parecemos notar muy fácilmente. ¿Cuál es la trampa principal en la que estoy pensando? Que los extremos de Marco Enríquez-Ominami nos hagan pensar que los otros candidatos son moderados. Las alternativas que maneja el obispo son claras: llamar a votar por Frei o por Piñera. ¿Por qué? Porque estos parecen ser las dos alternativas moderadas. ¿Lo son? Claro que lo son, si el contraste es con Enríquez-Ominami. Pero ambos candidatos han afirmado a los cuatro vientos lo que piensan sobre la píldora del día después y sobre las uniones homosexuales, y al menos parte de lo que han afirmado no es como que calce muy fácilmente con nuestras convicciones. Menciono esto sólo para ilustrar con dos temas actuales, que están lejos de ser lo único que podría haber de discutible de sus candidaturas. Aclaro hacia dónde apunto con esto: ¿basta el hecho de que haya otro candidato muy malo, para así convencernos de votar por candidatos bastante malos? ¿Para incluso hacer llamados a votar como iglesia por los bastante malos? Es la trampa de la moderación: siempre habrá alguien más extremo, que haga parecer moderada cierta postura. Hay quienes creen que uno siempre es responsable por impedir que ocurra un mal mayor, que por eso incluso tendríamos la responsabilidad de ensuciar un poco nuestras manos al votar por alguien de quién disentimos profundamente en cuestiones esenciales. Creo que no podemos afirmar eso, que a veces simplemente hay que decir que no a todo. ¿Por qué? Lo ejemplifico: parece, según esta lógica, mejor votar por Frei o Piñera, con tal de impedir el éxito (en cualquier caso poco probable) de Enríquez-Ominami. ¿Pero en una elección entre Hitler y Enríquez-Ominami, no habría entonces que votar por este último, para impedir un mal aún mayor? ¿No será entonces él el factor moderado al que se llamaría a votar? Por supuesto, dirán algunos. Pero si se hace eso, se está concediendo también el siguiente paso: si va a la elección Hitler y alguien aún peor que él, tendríamos que votar por Hitler, pues siempre hay que impedir el mal mayor. Esta horrible lógica no es la que los cristianos estamos llamados a seguir. Estamos llamados a buscar la moderación, pero sabiendo desde muy temprano que la moderación que defendemos puede implicar tener que decir alguna vez que no a todos los candidatos, que a ninguno podemos en buena conciencia dar nuestro voto. ¿Estoy con ello haciendo un llamado al voto nulo? No necesariamente, pues yo no creo que sea necesario ni deseable hacer llamado alguno respecto de cómo votar. Lo que sí creo es que la iglesia debe esforzarse por tener claro desde antes de los períodos de elecciones en qué cosas no puede tranzar; y que, si tiene tal convicción, debe ser capaz de seguirla aunque implique perder beneficios adquiridos durante algún gobierno. Esto puede, en efecto, implicar perder algunos de los beneficios adquiridos durante los últimos años, o perder la posibilidad de aumentar la lista de beneficios. ¿Y qué? La iglesia tiene que estar dispuesta a padecer cualquier cosa, pero no puede estar dispuesta a hacer cualquier cosa. Si no nos cuidamos, estaremos dando vuelta este principio: no queremos perder ciertos avances, porque creemos que Dios nos los dio, y así dejamos la disposición a sufrirlo todo; y al mismo tiempo, para asegurar que no perdamos esos beneficios, cunde la idea de que en realidad sí podemos hacer cualquier cosa, con tal de justificar un mal mayor aún. Aunque nuestra situación no sea apocalíptica, creo que esta claridad lamentablemente falta: ¿somos una iglesia dispuesta a sufrir cualquier cosa o una dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de no sufrir? La iglesia no puede venderse al mejor postor, ofreciéndose al candidato que le prometa más beneficios. En Génesis 14 se nos narra lo que Abram dijo al rey de Sodoma cuando éste le ofrece repartirse un botín: “He alzado mi mano a Jehová Dios alto, poseedor de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta la correa de un calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abram”. Este pasaje deberíamos grabarlo en nuestras mentes. Porque muy pronto vendrán algunos a decir que ellos nos enriquecieron, que ellos nos dieron libertad, feriados, dinero, etc. y que ahora piden algo a cambio. De hecho, ese discurso ya ha empezado: en Chile no hay persecución de la iglesia, pero sí seducción de la misma. Es de esperar que cuanto antes sepamos que lo que nosotros tenemos que dar no es el llamado a votar por alguien, sino el ser una voz de orientación en un mundo confundido. Manfred Svensson |

